Va aquí el cuento completo.
El predecidor de tormentas
Yo conocí el pueblo donde vivió su infancia. Un pueblo típico de provincia, adonde él me llevó apenas pudo y me hizo recorrerlo de punta a punta unas cuantas veces. Yo lo conocí: calles anchas, de tierra, bordeadas de paraísos, que venían de un horizonte chato y se perdían en otro igual. Por allí aparecía una casa y luego otra y en una parte estaban muy juntas y más allá volvían a ralearse y después ya no había ninguna, y las calles continuaban solitarias, hasta perderse. Y así por los cuatro costados. En el centro había una plaza. Él contaba que olía a glicinas, y que a la noche la gente se sentaba en los bancos a escuchar a los cantores, y entonces los sapos y los grillos callaban, y una nube de mariposas revoloteaba silenciosa alrededor de las farolas. Una avenida conducía a la estación del ferrocarril, a la que sólo se iba a esperar o despedir viajeros. Las vías eran los confines, una lejanía intrigante, decía él, un norte misterioso nombrado con respeto.
En el verano, después de cenar sacaba un sillón a la puerta y se sentaba junto a su abuelo. Casi no hablaban. Él miraba las estrellas y el anciano se escondía en sus recuerdos. A la hora de siempre sonaban los pitidos del tren y según la situación el abuelo pronunciaba su sentencia: "se oyen clarito". El comenzaba a retorcerse en su sitio, inquieto por lo que vendría, y le preguntaba varias veces si estaba seguro, pero el nono no erraba y a los pocos minutos empezaba a cerrar los postigos y trabar las puertas. El guardaba sus juguetes, miraba de reojo el cielo y se iba a su cuarto, adonde daba vueltas y vueltas antes de acostarse. A pesar de su empeño el sueño lo vencía, pero por poco tiempo: a alguna hora de la madrugada un estruendo lo despertaba y comenzaba la pesadilla. Relámpagos como luces de magnesio iluminaban la habitación, y asustado por el estrépito de los truenos le parecía ver figuras agazapadas tras los muebles. Aprendió a amar la oscuridad simplemente porque la prefería a aquel siniestro resplandor.
El sol en el piso, como leche derramada entibiando el cemento. El sol en el piso, una luz lenta que se va corriendo y comienza a trepar por la manta que lo cubre. Cipriano comienza a sentir el calorcito y con movimientos lentos se va levantando. Mordisquea un trozo de pan duro que ha quedado sobre la mesa chueca, y trepado a ella alcanza a distinguir un rectángulo de cielo. La breve claraboya por la que durante algunos minutos logró filtrarse un rayo luminoso le muestra ahora un celeste sucio de polvo. Antes que oscurezca nos va a tapar la arena, le dice a nadie mientras recorre con la vista el minúsculo calabozo buscando algún trapo para cerrar las hendijas. A un costado del camastro comienza a hacer flexiones mientras mantiene el oído atento a cualquier ruido en la puerta. La mayor preocupación de los guardias es que no hagan ningún tipo de gimnasia. Como para que se vayan poniendo fofos y lentos y terminen todo el día tirados, sin fuerzas ni para recoger el guisote que ya han de estar por pasarle por la mirilla. Como termina la abeja reina, según recuerda de un libro que le regalaron al pequeño a poco de nacer. Un enorme vientre redondeado y en su extremo, como si fueran de otro animal, las minúsculas cabeza y patas. Sólo que el trato de las obreras dista del que reciben en el penal. Y cuando todos sean así, una masa de carne sin fibra, se irán muriendo sin darse cuenta, secándose, y los que perduren serán muñecos de gelatina adosados a las sábanas sucias, a los que no será necesario cuidar. Si ya ahora no hay mucho control de los muros del penal, según alcanzó a enterarse antes que lo aislaran, para entonces les dejarán las puertas abiertas y apenas se asomarán de vez en cuando para ver si hay algún otro para tirar. Atarán la sábana por las cuatro puntas y lo pasarán derecho al incinerador. Y cuando ya no quede ninguno, cerrarán el portón y se irán, o ni siquiera necesitarán cerrarlo: sacarán lo que sirva y dejarán que la arena y el viento hagan su trabajo.
Como si hiciera falta desgastarnos más –dice en voz alta, tirado de nuevo en el camastro, para que así lo vea el guardia cuando eche una mirada antes de la cena. Hasta algún tiempo atrás todavía había intentos de fuga, arrebatos desesperados sin ninguna planificación. Ninguno de los que probaron volvió, pero al otro día, por la cara de los guardias, uno se daba cuenta de lo que había pasado. Rostro de alegría, lo fusilaron; gesto de decepción, ya se encargará el desierto. La sed, el sol del mediodía o el frío de la noche. Si hasta parece que descuidaran el cerco para tentarlos a probar suerte y así poder jugar a la caza del reo. Apostando a quién le mete el primer balazo. Tirando con munición fina para hacerlo más deportivo. Cualquiera que se decida y esté en muy buenas condiciones físicas puede intentarlo; recuerda que la primera de las pocas veces que lo sacaron al patio le llamó la atención la valla de alambre, tan fácil de saltar, y la única torre para controlar todo el perímetro. Pero también tiene presente que llegó en helicóptero, que no hay camino y que todas las dunas son iguales. Sin saber la ubicación del penal, no hay adónde ir.
La mirilla se abre y con los ojos cerrados siente la mirada del guardia que verifica que esté inactivo. El chacal pega un par de patadas a la puerta y grita "comida". Ahora, hasta que le pasen el plato, tiene un tiempo en que nadie lo verá. Cinco, diez minutos, una hora... no lo sabe, pero cuantas veces lo calculó su reloj interior no falló. Vuelve a treparse a la mesa y con un pedazo de toalla tapa un hueco por donde ya estaba entrando arena. Entonces ve algo que aunque intrascendente rompe la monotonía de tantos meses.
A veces recordaba una noche que lo marcó para siempre. Tenía entonces casi ocho años. Estaba sentado con su abuelo a la puerta de la casa y escuchó unos pitidos estremecedores. Se animó y adelantándose dijo "se oyen clarito, va a llover", pero el nono parecía en otro mundo y no le contestó. Se fueron a dormir y a la madrugada se desató una feroz tormenta que le pareció todavía más terrible porque puertas y ventanas habían quedado abiertas. A la mañana al levantarse vio que había entrado agua hasta en su habitación. Corrió al cuarto de su abuelo y contento le dijo que ahora él también sabía predecir tormentas, que quizás por eso esta vez no había sentido tanto miedo y seguramente dejaría de temerles para siempre. Pero su abuelo no le contestó. Alguien vino y le explicó que ya no volvería a verlo, pero que el nono seguiría mirándolo. Y aunque no lo entendió, le quedó claro que de ahí en adelante debería estar con el oído atento a los trenes que anunciaban las lluvias. Al día siguiente cerraron la casa. Nunca más treparía al laurel, ni hablaría con su eco en el aljibe, ni podría juntar huevos en el gallinero. Sin embargo, había aprendido algo que lo hacía sentir importante. Y así fue que abandonó el pueblo y se fue a vivir con unos tíos lejanos.
Cipriano traga el líquido espeso y grasoso que les dan por cena con la vista fija en la pared, para evitar ver los gorgojos que flotan. Le recuerda cuando era niño: algunas noches los campesinos quemaban el rastrojo y las llamas teñían la oscuridad. La gente se asomaba a las esquinas y buscaba en el firmamento señales de buenos augurios. Él trepaba al techo de la casa y dejaba la mirada perdida en el cielo rojo, tratando de adivinar su futuro. Allí se quedaba hasta que lo sorprendían los pitidos del “Rayo de plata”, y se preguntaba cuándo podría partir en ese tren. Cuánto daría ahora por volver en ese mismo tren a aquellas noches, piensa mientras raspa el fondo del plato ya vacío.
No logra evitar el recuerdo del pequeño y esa certeza tozuda, que se repite a diario, de que volverá a verlo. Llevarlo al pueblo, y de la mano caminar por aquella estación y decirle "aquí fui feliz, pero una noche llegué arrastrando una vieja maleta, y aunque empecé a hacerme adulto al subir al 'Rayo de plata', cuando asomado a la ventanilla vi cómo iban desapareciendo las últimas luces me puse a llorar".
Aprieta fuerte, pero es la cuchara y no la mano del pequeño. Al entregarle el plato al guardia mira para otro lado, para que no vea que hay lágrimas en sus ojos.
Cuando éramos novios, casi unos chiquilines, algunas noches nos sentábamos junto a las vías hasta que pasara algún tren, y él se quedaba hasta que la luz roja del furgón de cola desaparecía en la oscuridad. Era imposible saber en qué estaba pensando, pero sí sé que siempre mantuvo esa duda de su infancia: qué habría de especial en las noches previas a las tormentas para que los trenes se escucharan tan nítidos.
Desde que empezamos a vivir juntos a menudo le escuché hablar de tormentas. Una y otra vez me explicó cómo se formaban, el porqué de los rayos y cuántos tipos de nubes hay. Muchas noches salía al patio a mirar el horizonte cargado de relámpagos; luego entraba, en silencio empujaba la cómoda hacia un rincón y en su lugar ponía un balde. La gotera nos acompañó durante años, y creo que nunca la arregló para no quedarse sin el placer de comprobar sus aciertos en el balde lleno. Claro que a veces fallaba. Él decía que necesitaba de los pitidos para pronosticar con certeza. Pero no había trenes en nuestro barrio, y en cuanta ocasión creyó poder reemplazarlos por la sirena de la fábrica, el balde seco se encargó de mostrarle su fracaso.
El viento ya no sopla con tanta violencia ni las ráfagas de arena azotan la claraboya. Lleva mucho tiempo, horas quizás, acostado en la oscuridad sin poder dormirse. Levanta las piernas y se pone a pedalear en el aire hasta que comienza a sentir el esfuerzo. Está en buen estado, tanto que si tuviera un indicio o al menos un pálpito de a dónde ir intentaría la fuga. Se concentra en el recuerdo de los rostros del pequeño y su madre. A veces teme olvidarlos, o confundir el color de sus ojos o la suavidad de la piel.
Sigilosamente abandona el camastro. Todo está en silencio. Se para sobre la mesa e intenta ver algo en la noche, pero no logra distinguir nada. Vuelve a su memoria la visión de la tarde: algo blanco, que no era un pájaro, pasó volando llevado por el viento. Fue la primera vez que su mezquino mirador le mostró algo más que el cielo. Ahora, en cambio, todo es negro. Cuando está por bajar, un sonido lo detiene. Sí, no se equivoca: lejano, apenas perceptible distingue el silbato de un tren. Las imágenes que le afloran lo abruman. Es que hace exactamente siete días, para la anterior tormenta de arena, más o menos a esa hora escuchó el mismo sonido. Sólo que esta vez no duda de su origen.
Se revuelve sobre el colchón con una excitación que conoce bien: no es por este pequeño descubrimiento que ha hecho, sino que intuye que tiene en sus manos un simple rompecabezas a punto de ser armado. Así está durante un largo rato, hasta que nota que la celda se ha puesto sofocante.
Vuelve a treparse para sacar el trapo con el que cerró las hendijas, y allí, manteniendo apenas el equilibrio, empieza a acomodar las piezas. Eso blanco que vio volar es el pañuelo que se pone bajo el quepis el guardia de la torre, para protegerse de la arena. Pasó de izquierda a derecha, o sea que el viento sopla desde el lado del portón y de allí mismo vino el pitido del tren... Cipriano comienza a sentir una inmensa alegría, tanta que le vienen ganas de reír. Despacio primero, y ya en una sonora carcajada que no logra contener. Y allí, de pié sobre la mesa chueca, lo sorprende el chacal que lo voltea de un violento bastonazo en los riñones.
Ha caído golpeándose la cabeza contra el borde de la cama. Aún en el suelo recibe como broche una patada en las costillas que lo deja sin poder respirar. Pero logra recuperarse, y mientras trata de parar la sangre que le corre por la cara con el mismo trapo con que cubrió la claraboya, sigue sonriendo, aunque en silencio.
Hoy se sabe casi todo sobre el penal del desierto. Los guardias lo levantaron y dejaron el edificio abandonado, casi en ruinas. Yo misma he ido y lo he visto, medio cubierto por los médanos. Trasladaron a los prisioneros y publicaron una lista de los que intentaron fugar. Fusilados los que lograron rescatar, dados por muertos los otros. Sólo los represores sabían su ubicación, y se desplazaban en helicópteros. No había caminos ni huellas. Por eso no se preocupaban mucho por la vigilancia. Él aparece en la lista como desaparecido, presuntamente muerto. Yo no lo creo así.
Por la forma en que ha avanzado la arena en el penal, el viento sopla del norte. Descubrí que hacia ese lado, a pocos kilómetros de allí, hay un ramal de ferrocarril por el que una vez por semana pasa un carguero que va a la costa. A mí me alcanza para creer que él, con su sueño liviano, habrá escuchado su pitido alguna vez que coincidió que soplara viento norte durante su paso a la madrugada. Y creo también que mientras duró su permanencia en el penal habrá tenido el tiempo suficiente para pensar y comprender que la razón de la certeza de sus pronósticos no era otra que distinguir con más claridad los trenes cada vez que soplaba viento norte, que en su pueblo trae las lluvias.
Por eso sigo esperándolo, y nuestro hijo también. El pequeño ha crecido. Dice que él también es predecidor de tormentas. Pobre... acá que nunca cae ni una gota.
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