Definición y muerte del diálogo
Grandes amigos grandes |
Juan Carlos Roldán y Hugo Reinaldo
Báez fueron dos grandes amigos –además de amigos grandes, porque me llevaban
varios años– que compartían algo peculiar: todos los llamaban por sus
apellidos, y hasta sospecho que muchos no conocían sus nombres. Ambos ya no
están. Roldán murió hace unos cinco años y “el Báez” nos dejó a comienzos de
este 2026.
Roldán, también denominado “el
Negro”, fue un librero de raza, aunque lo conocí en un boliche histórico que
tuvo a fines de la década del sesenta, La Guadaña, que funcionaba en una
cochera de la calle Santa Rosa. Allí, el inocente adolescente que era yo entonces
se alelaba ante la variopinta fauna que noche tras noche circulaba por el
lugar. A través de él conocí al Báez, por entonces fotocopista, luego
imprentero y de ahí a editor, mi primer editor (y yo su primer autor editado).
De innumerables tardes de mate y
noches de alcohol, aprendí mucho de ambos. Pero ahora que los nombro, veo la
imagen de un Roldán adusto tras la lectura de un breve manuscrito que le había
pasado, diciéndome: “Si pensás que escribir es solo inspiración estás
equivocado. Esto es como ser carpintero, hay que trabajar mucho para aprender
el oficio. Escribir es un oficio”.
En poco tiempo me convencí de que
tenía razón en que había que trabajar mucho para aprender a escribir. Lo otro,
lo del oficio, es opinable.
En 1993 con Baez publicamos Qué
va a haber en la Francia, mi primer libro, impreso por él en una vetusta
Rotaprint y luego encuadernado a mano por el que suscribe, ejemplar por
ejemplar (quien tenga uno sin ninguna hoja suelta es definitivamente un elegido
de san Gutenberg). En ese libro hay un cuento, “Blues de la pizzería San Luis”,
en el que en términos cinematográficos Báez es el primer actor y Roldán hace un
papel secundario.
En el verano de 2006 escribí
“Definición y muerte del diálogo”, donde Baez vuelve a aparecer como uno de los
personajes, con un perfil que se ajustaba más a lo que era él entonces. El
cuento integró el libro El deseo y las sombras, editado en 2007 también
por el susodicho.
Gran conversador, cinéfilo
consumado... y extraño lector: poseedor de una vasta biblioteca, no hace mucho
tiempo me confesó que su gran placer era tomar un libro al azar, abrirlo en
cualquier hoja y leer un rato.
A partir de revisar la obra
pictórica de Richard Lindner, me atrapó un cuadro de este, “Muchacho con
máquina”, y me recordó a algo del cuento arriba citado. Por eso incorporé ambos
a Fraile Muerto – Malasaña, Galería de Artes y Artimañas (www.frailemuerto-malasaña.com.ar).
Aquí el cuento completo.
***
Definición y muerte del diálogo
–Raro rito el de los velorios –dijo, a la vez que tomaba un trago.
–Macabro –acotó Pericet–. Tener a un muerto en el living de la casa, por más que se trate de un ser querido, es macabro. Y poco higiénico, por cierto.
–Pero es necesario. La gente necesita ese tiempo para manifestar su dolor –opinó Saleme.
–¿Dolor? La gente en los velorios piensa en el futuro –intervino el Halcón–. La desaparición de cualquiera modifica algo. Sus allegados cambian forzosamente de vida. Ya no lo tendrán al finado, para mal o a veces para bien, por eso digo que están al lado del cajón pensando en lo que vendrá.
–Extraña teoría, muchacho –dijo Pericet mientras se apropiaba de la botella.
–Siempre la muerte significa una nueva vida. Tanto para el que desea la de otro como la propia, el deseo es de otra vida. De una vida mejor, claro.
–Yo lo veo como una tonta suposición: la de que la muerte nos puede mejorar. No me asombraría que haya quien crea que pueda haber algo así como una transmutación, o esas migraciones energéticas.
–Yo no he dicho nada de eso. Sólo afirmo que la muerte reinicia cosas.
–Ahí los tiene a esos de la metempsicosis. ¿Usted cree en eso? –insistió Pericet, algo agresivo.
–Yo ya expliqué mi idea de la muerte. No trate de meterme ideas que no son mías.
–Tranquilos, muchachos, tranquilos. Esto que se acaba de decir acá es muy serio – dijo Baez, y tras una pausa agravó su gesto y continuó–. Qué sensación de impotencia encontrar un pensamiento que se nos ha filtrado. Saber que no es propio, que no lo hemos elaborado... y descubrirlo repasando en nuestra mente.
–¿Repasando qué? –preguntó Saleme, sin soltar las manos del volante.
–¿Dije repasando? Quise decir reposando.
–Igual no entiendo.
–Dejando espacios en blanco en un documento se puede intercalar un fragmento ajeno, ¿verdad? Bueno, en los momentos en blanco de la vida se puede meter algo que uno no conoce. ¿No les ha pasado que dudan si un recuerdo es real, lo soñaron o se los contó alguien? –Baez bajó unos centímetros el vidrio de la ventanilla, lanzó un gargajo y continuó– A mí, por ejemplo, se me aparece un asado en un taller de chapa y pintura de un pueblo que no reconozco, donde a los postres los empleados se pusieron a hacer canto gregoriano. Puedo describir el galpón bastante sucio, los actores, la mesa, algo del repertorio… tanto que si lo cuento nadie dudaría de mi palabra. Sin embargo, yo sé que el pensamiento no me pertenece, y no sé si me lo contaron, lo imaginé o acaso lo soñé.
–Bueno, imaginar o soñar es apropiarse de algo –comentó Pericet, y ante el silencio de todos amplió su idea–. Quiero decir que lo que uno ha imaginado o soñado pasa a ser parte de sus propios pensamientos.
–Pero no vividos, a menos que uno quiera considerar como reales los disparates imaginados –intervino el Halcón.
–He dicho propiedad, no realidad. Se puede ser propietario de ideas inviables, abstractas, hasta imposibles de describir con el lenguaje corriente –replicó algo fastidiado Pericet.
–Los surrealistas pintaban sus sueños, que pasaban a ser historias reales. Entonces, ¿por qué no considerar real algo que uno ha desarrollado... consolidado, diría, con el paso del tiempo?
–Propiedad, carajo, estamos hablando de la propiedad de los pensamientos.
–Tranquilo, catalán –intervino Baez–. Ya que han nombrado los sueños, he ahí otra fuente de confusiones. Esos sueños muy nítidos que se retienen y perduran... Uno los va ampliando, incorporándoles detalles, hasta que en algún momento aparece la duda, y ahí todo dependerá de cada quien: algunos se inclinan por aceptarlos como reales, yo les llamo los realidistas; otros prefieren mantenerse en la idea del sueño: son los oníricos. El problema de éstos es que a veces se engañan y situaciones conflictivas o incluso dolorosas las atribuyen a sueños. Pero volvamos a lo nuestro. Cuando llegó la duda, ya no hay vuelta.
–¿Ni siquiera olvido?
–Menos aún. La duda de la propiedad, o de la certeza, si lo prefiere, actúa como un tábano.
–Lo irreal es más seductor y termina por atrapar –comentó Pericet.
–La verdad es que a mí nunca me pasó –dijo Saleme.
–Yo estoy seguro de que sí, y más de una vez, sólo que hay gente de poco dudar. Usted ha de ser uno de esos.
–El tiempo es el que modifica al pensamiento –dijo Pericet–. Yo recuerdo una colina en Aragón, algo escondida y marginada del frente. Nunca hubo un disparo allí, ni propio ni ajeno. Estoy seguro de eso. Pero cuando la pesadilla de la guerra me visita, todas las batallas se libran en esa colina.
–Lo que se modifica es la percepción, viejo. Le tocó recordarla con grandes explosiones, como podría haber sido otra cosa: un disparo de escopeta, pero de esas que disparan un corcho atado con hilo –dijo el Halcón, tras un largo trago de ginebra.
–¿Y eso qué significa? –intervino Saleme.
–Nada –respondió el Halcón–. ¿Por qué tendría que significar algo? Además, me gustaba una que tenía cuando era chico.
–Deje que imagine, Pericet. Una colina en Aragón… ¿por dónde? –interrumpió Baez.
–Cerca de Fuendetodos, donde nació Goya.
–¡Goya! ¡Qué bueno recordarlo! ¡Qué pintor!
–Sí, qué pintor –respondió Pericet, y cerró los ojos.
–¿Y usted, que no ha abierto la boca? ¿Qué opina? ¿Tiene algún recuerdo en litigio? –dijo Baez, reparando en mi silencio.
–El pibe de la escuela San José –respondí sin dudar.
–¿Quién era ese pibe?
–Alguien que parecía feliz. Nunca he podido describir la sonrisa de aquel pibe de la escuela San José, que en la clase de música cantaba “Los colores del arco iris de los cielos siete son, como siete son las notas...”, y así la letra entera, que yo no logré aprender, de una canción cuyo nombre no recuerdo. Él sí la sabía. Ésa y muchas más. En cambio, el niño ignoraba su apellido, y cuando surgía el comentario de asombro en forma de pregunta, ¿cómo puede ser que no sepas tu apellido?, él callaba y sonreía.
Debí detenerme allí pero algo me hizo seguir, y seguí, declamatorio, casi teatral.
–Sonreía el pibe de la escuela San José, con esa sonrisa que, a tantos años, no he olvidado ni tampoco he podido describir. Era una sonrisa para él, ajena a nosotros que lo acosábamos con nuestra curiosidad y con un estúpido e incipiente sentido común que se alteraba por el desparpajo con que él aceptaba no saber su apellido.
–Sería una sonrisa sobradora –opinó Saleme.
–Los misterios que trae el tiempo, las inevitables dudas que van surgiendo según transcurren los años, me han hecho preguntarme más de una vez qué podría haber sido de aquel niño que recuerdo moreno y corpulento, y tal vez algo feo.
–¿Y qué pasó con ese pibe? –apuró el Halcón.
–Con el pibe, ahora lo contaré. Lo que no sé es qué pasó conmigo.
–Estamos entrando en materia –intervino Baez.
–En el recreo largo, a poco de sonar la campana, cuando aún no habían salido la mayoría de los grados, lo esperamos en la terraza, adonde teníamos prohibido ir. Él sabía que nos juntábamos ahí, y allá fue. Cuando terminó de subir los cuarenta y cinco peldaños de la oscura escalera se dio con nosotros, que sólo lo miramos y sin decirle nada lo empujamos. Sus ojos mostraron susto, pero no alcanzó a gritar.
No logré reconocer esa voz, pero la boca que hablaba era la mía, y todos me miraban con cierto asombro y escuchaban en silencio mi relato.
–Rodó con el cuerpo desparramado, sin duda quebrándose en cada vuelta –continué–. Nosotros nos descolgamos por el caño de desagüe hasta la mayordomía, y de allí pasamos al baño de la planta alta. A poco de entrar escuchamos los gritos. Nos asomamos con gesto de preocupación. El pibe sin nombre yacía al pie de la escalera en una posición ilógica, con un brazo que le aparecía desde atrás del cuello. Tenía la cabeza groseramente torcida y los ojos abiertos... y esa sonrisa que aún hoy no he podido desentrañar.
Tomé un trago de ginebra de la botella que ya estábamos a punto de acabar; luego me limpié los labios con un pañuelo de papel y miré a todos, a la espera de algún comentario.
–Adivino de qué se trata –dijo Baez, cuando ya parecía que nadie más hablaría–. Usted tiene dudas de que eso haya sucedido.
–No. No tengo dudas. El pibe murió, hubo investigaciones y sumarios que quedaron en nada, y a mí me cambiaron de escuela. El problema es otro: cuento esto como fue, como creo que fue. Pero sucede que luego todos negaron haberlo empujado, y hasta esos que aflojaban cuando los apretaban se mantuvieron en que nadie vio al pibe subir a la terraza, y menos rodar por la escalera. Además, siempre bajábamos descolgándonos por el caño de desagüe. Pero yo estoy seguro de que lo empujamos –dije, transformado ya en alguien que se está quitando un peso de encima.
–Será que alguien te metió ese pensamiento, como dice Baez –comentó el Halcón.
No pude explicarle al Halcón que la ficción puede hacer más agradable la vida, aunque a veces sin darnos cuenta termina devorándonos.
–Todo es una mierda. Acumular historias, propias y ajenas, y peor éstas, que ni siquiera se saben de quién son –dijo Pericet–. Y así con todo, incluso con los conocimientos. Lectura de clásicos, conocer cientos de óperas y sus autores, distinguir de qué año es cada Picasso... ¿Han entendido? Acumular estúpida información que morirá con nosotros, si acaso no murió antes.
–Afloje un poco el escepticismo –interrumpió el Halcón–. Son recuerdos, y si no fuera por esos recuerdos usted ya se habría muerto de aburrimiento.
–Por eso se dice que los recuerdos son la vida pensada como uno la desea –dijo Baez.
–Eso para un viejo, no para mí –respondió el Halcón.
–Al final uno se da cuenta de que ser viejo es, nada más, acumular historias, propias y ajenas, recuerdos varios, que suman. Se sabe más que un niño en cantidad, sólo en cantidad –insistió Pericet–, pero la cantidad da derechos.
–Quiero terminar mi historia –dije yo, y guardé silencio hasta que todos prestaron atención–. Mi madre me cambió de escuela; pasé a una en la que estaba todo el día ocupado, y los fines de semana, al campo con mi viejo. No nos vimos más con los del San José. Ya grande, en una fiesta de estudiantes me encontré con dos de ellos, de los que yo recordaba que estuvieron allí el día de la caída del pibe. Charlamos amigablemente hasta que les hice un comentario alusivo a aquello. Pusieron cara de asombro y negaron todo. Vos estás loco, terminó diciendo uno de ellos, y allí mismo me dejaron solo.
–Estaban confabulados todos –dijo Saleme, con su precaria imaginación.
–En cambio yo pienso que es pura imaginación, digamos... un exceso de vida interior –afirmó Pericet.
–Para una rica vida interior, lo mejor es no entender nada de lo que se dice afuera –dijo el Halcón, terminando la botella.
–Oigan, la sala de velatorios es en la avenida principal –interrumpió Baez cuando vio que estábamos entrando al pueblo, y luego miró hacia los costados y cambio el tono–. Mierda, hay que venir a morirse a un lugar como éste.
–Nunca me entendí con el muerto –dijo Saleme, antes de entrar al velorio–. Era un tipo raro.
Nos quedamos con Baez en la vereda, fumando.
–Esa historia del pibe de la sonrisa, ¿de dónde la sacó? ¿De un cuento o de una película?
–El pibe existió, pero supongo que estará vivo en alguna parte –le respondí sin mirarlo–. Tampoco yo he creído nada de lo que habló, ni lo de los mecánicos coristas ni toda la parrafada que siguió. A aquéllos los convencerá –dije señalando hacia adentro–, pero a mí no. No sé si lo hace para no aburrirse, o porque lo divierte escuchar las respuestas de los demás, pero esa charla suya, esos temas presuntuosos de inteligentes o interesantes, me parecen ridículos.
Baez se quedó callado. Terminó su cigarrillo, intentó sacar unas gotas de la botella vacía y se acomodó la ropa. Entonces se acercó a mí y me miró fijo.
–Le voy a decir algo... Me jacto de mi memoria. Tenía cuatro años. Había visto una película con escenas de aviación, y en el jardín de infantes al que iba, vi pegada en la pared una lámina de un piloto en su cabina. “Mirá, ahí están”, le dije a mi compañero de banco, de mi misma edad, sin explicaciones y sin haber cambiado palabra antes. “No, esos son otros”, respondió él. “¡Ah!”, recuerdo que fue mi respuesta. ¿Se da cuenta, entonces? –preguntó tras una pausa.
–¿De qué?
–A cualquier edad el diálogo no es otra cosa que la casual coincidencia entre dos monólogos.
–¡Ah! –dije yo.
Entramos al velorio. Creo que nadie se alegró de vernos.
Comentarios
Publicar un comentario