Mártires del Sur
Acerca del líquido elemento
En las últimas décadas del siglo pasado los
habitantes del sur de la ciudad de Córdoba padecieron los cortes de agua por
largos períodos. Con frecuencia los medios anunciaban que los vecinos de tal
barrio llevaban tantos días sin agua o que tras un largo tiempo de carecerla
había retornado el “líquido elemento” (ridícula expresión que el periodismo
adora). Esto era tan habitual que a comienzos de los ochenta escribí un
relato, Mártires del sur, publicado en mi primer libro, ¡Qué va a haber en la
Francia! (1993).
En 1997 se privatizó el servicio de agua en la ciudad de Córdoba. Tal vez no
sean de la magnitud de los de antes ni tengan tanta prensa, pero los problemas
de suministro en el sur continúan.
Sea como lector o como autor, suele suceder que determinado personaje de una
obra genere algún sentimiento. Ternura fue lo que sentí al describir a la
Carmela de dicho relato.
Cuando vi “Bailando”, el cuadro de Olga Sacharoff, recordé el diálogo de
aquella con su amiga sobre los bailes en la plaza del barrio y por eso los he
incluido en Fraile Muerto – Malasaña, la galería de artes y artimañas
(www.frailemuerto-malasaña.com.ar).
Mártires del Sur
Pasan los años y
los recuerdos empiezan a pesar. Sobrellevar alegrías y dolores, pequeños sueños
cumplidos y esperanzas frustradas, se va haciendo agobiante. Los muchachos de
la fábrica pusieron acá todo su empeño. Horas libres, fines de semana enteros, de
sol a sol, acompañados de sus mujeres y novias, jóvenes en aquél tiempo, que
hasta a veces se turnaban entre semana para darse una vuelta por la obra, sobre
todo cuando había mucho material, para ver si no andaba nadie merodeando por el
lugar. Hasta que una pascua, cuánto hace ya, dieron por terminada la primera
casa, la que le tocaba al vasquito Arregui, que esa misma noche se instaló a
vivir y por unos días hizo de sereno del resto de la obra. Pobre vasquito, a
los pocos meses en un mareo la fresa le rebanó la cabeza y murió después de
varios días sin recuperar el conocimiento. La novia se quedó con el vestido
blanco esperando y nunca quiso entrar a la casa, ni a sacar lo que le
correspondía. Después los muchachos terminaron dos más, las de Lancioni y González,
pero como González sabía que Sacchi no tenía donde vivir y ya por entonces
andaba con la mujer y tres hijos a cuestas, se la cedió hasta que le terminaron
la suya. Ahí fue que los muchachos armaron una reunión con empanadas un sábado
a la noche, hicieron una lista para ver quién estaba más necesitado de vivienda
y desde ese día comenzaron a trabajar todos en una casa hasta terminarla. Así
en pocos meses se acabó el barrio.
–Más de
doscientas empanadas hice ése día –dijo Carmela, pensando ahora en voz alta,
mientras vaciaba en una pava el resto de la última botella.
Un líquido
demasiado espeso y turbio para ser agua se derramó en el fondo del recipiente,
sin ruidos ni burbujas. Carmela levantó la vista hacia el horizonte y vio la
calle larga transformada en un enorme guadal removido por el viento. Todas las
casas, ya muy deterioradas, estaban cubiertas por una capa terrosa y los pocos
postigos sanos golpeaban estrepitosos contra los marcos.
Carmela se
incorporó penosamente y fue a encajar un pedazo de diario en el agujero que
dejaba libre un vidrio roto de la ventana. Alcanzó a ver, entre la nube de
polvo, que sacaban muebles de una casa al frente de la que fue la plaza. Siguen
saqueando, pensó con resignación, pero distinguió la silueta del hijo de
Carmona, que cargaba una mesita de luz de la casa paterna. Carmona fue uno de
los que más se movió –pensaba Carmela, agitando la garrafita de gas para
sacarle la última llama– y al que más le pegaron cuando cortamos la ruta. Era
fuerte, buenmozo y amable, Carmona, y la Palmira lo sabía porque no lo dejaba
solo ni cuando estaba en el andamio. Y bastante mirón era, también. Pero que yo
sepa nunca se propasó con nadie, a lo sumo con la cuñada de Bellotti, que venía
a revolear el culo cuando los muchachos estaban trabajando. Esa puerca casi le
roba el marido a la Rosita y si no fuera porque entre todos le hicimos una
lavada de cabeza, el muy pavo deja todo: casa, familia…
–¿Valió la pena
tanto esfuerzo? –le preguntó a nadie, sacudiendo con violencia el calentador.
La llamita sucia apenas alcanzó a reavivarse.
Nos llevó un
montón de años conseguir que nos dieran la luz. Y apenas si trajeron una línea
que terminaba en la plaza, con un solo farol y de ahí tuvimos que tirar cables
para las casas. Y nunca tuvimos más que una luz amarillenta que se cortaba a
cada rato, a veces por días, y que a los que compraron heladera terminó por
quemárselas. Eso sí, nos alcanzaba para poner un tocadiscos con dos parlantes,
las luces de colores, y armar los bailes en la plaza todos los sábados de
verano o los domingos a la tarde en el invierno, si había sol. Los muchachos se
olvidaban de los problemas de la fábrica, nosotras de que la plata no alcanzaba
y los chicos corrían entre las parejas, se hinchaban de naranjada, jugaban a la
escondida… y los más creciditos robaban cigarrillos y se iban a fumar en la
oscuridad.
El calentador dio
sus últimos estertores hasta apagarse con un soplido seco. Carmela miró a su
alrededor buscando la solución para sus mates. La descubrió colgada en la
pared, en una foto de su casamiento, ya marrón por los años transcurridos.
–Suerte que no
viviste para pasar esto –le dijo a su esposo retratado de traje oscuro con saco
cruzado y corbata de moñito. Ella, la del papel, parecía mirar con más
curiosidad que alegría por las circunstancias. El finado la sostenía de la
cintura con el brazo derecho y con el izquierdo adelantado parecía como
presentándosela al fotógrafo.
Sacó la foto con
cuidado y desarmó el marco, rompiendo las varillas doradas en pequeños pedazos.
Hizo un bollo de papel de diario y lo puso en la pileta, llena de hollín y
cenizas desde que comenzó a usarla como brasero. Prendió el fuego y acomodó
encima los trocitos de madera y sobre dos hierros atravesados apoyó la pava.
Entonces escuchó un motor en la calle.
–Abrí, Carmela,
que soy yo –dijo la Palmira.
Su vecina y amiga
de años le sonreía desde el marco de la puerta, mostrando una dentadura
devastada. En el Rastrojero con el motor en marcha su hijo aguardaba. Habían
cargado todo lo que se podía sacar, incluido las puertas y el lavatorio del
baño.
–Vine a
saludarte, pero si querés me quedo a tomar unos mates, total el Nene tiene que
ir a dejar las cosas y puede volver a buscarme a la tardecita.
Ella se hizo a un
lado asintiendo y la Palmira, tras hacer una seña a su hijo, entró cargando un
bolso de mano. El Rastrojero se alejó dando tumbos y pronto desapareció entre
la nube de tierra.
La recién llegada
apoyó el bolso en la desvencijada mesa y extrajo de su interior una yerbera, un
paquete de medialunas y una botella de agua mineral sin destapar. Sobre ella
centró su atención Carmela.
–Me la trajo el
Nene –dijo su propietaria, con una mueca de felicidad.
La destapó y le
sirvió una taza a la dueña de casa. Carmela la fue bebiendo de a tragos cortos,
con los ojos cerrados, paladeando como si se tratara de un vino de cuna. Luego
se quedó en silencio, con la mirada clavada en la foto de su casamiento, saciada
de líquido pero vacía de todo.
La Palmira fue
hasta la improvisada hornalla y tras destapar la pava lanzó una exclamación.
–¿Cómo tomás
esto? –le dijo, mostrándole un residuo verdoso que nadaba en el recipiente.
Abrió la puerta,
vació la pava y la volvió a llenar con agua de la botella recién traída. La
colocó sobre el fuego y luego abrió el paquete de medialunas y se puso a comer.
–No podés seguir
viviendo así –dijo tras un largo silencio.
Carmela seguía en
el mundo que le transmitía la foto. Los momentos felices vividos entonces. Tres
días en un hotel de las sierras y luego a estrenar la casa. Cuatro paredes y un
techo como para sentirse en una travesura a escondidas del mundo. El placer del
finado por corretear desnudos por la habitaciónes y terminar los dos jadeando
sobre la mesa mientras por las rendijas de la ventana se distinguía a los
vecinos transitando. Y el juego de negarse hasta que él, medio en broma, medio
en serio, empezaba a empujarla al dormitorio. Duró hasta que él empezó a llegar
cada vez más tarde, con olor a vino, y caía dormido sin siquiera desvestirse.
Luego el embarazo y se acabó el romance. Y cuando nació Blanquita poco quedaba
ya de cuerda en el carretel. A ninguno de los dos no le importaba sino sufrir
menos.
–A ver si hablás
algo –le dijo la Palmira, ofreciéndole el primer mate.
Carmela sorbió el
líquido aún no muy caliente y miró a su amiga. La vio como siempre, intentando
en vano registrar los cambios despiadados del paso del tiempo. Seguía siendo la
mujer guapa y decidida de siempre, aunque tuviera el pelo blanco, la cara con
arrugas y las carnes vencidas.
–¿A dónde te vas?
–preguntó, devolviéndole el mate ya sorbido.
–El Nene me
alquiló una pieza cerca de su casa... Hay lugar para otra cama y un ropero, si
querés ir.
Ella sonrió con
una mueca.
–Tiene luz y
agua, Carmela –insistió la Palmira.
–¡Cristo, ni que
fuera un lujo tenerlas!
La Palmira llenó
el jarrito enlozado, hizo una chupada y meneó la cabeza.
–Otra hubiera
sido la cosa si acá las hubiésemos tenido... Al menos el agua.
–No digas
pavadas, Palmira, que todo se vino abajo cuando a vos se te murió el Carmona y
a mí se me fue la Blanquita.
Un ruido de
cascos las llevó a la ventana. En un carro tirado por caballos, un viejo de
aspecto huraño llevaba cargado postigos, tramos de cañería, una puerta y restos
de construcción.
–¿Te parecen
pavadas? Mi Carmona se murió por la pena y por los palos que recibió cuando
tuvimos que salir a cortar la ruta para pedir por el agua. Y la Blanquita...
bueno, no pudo aguantar la vergüenza y se mató. Pero vos sabés bien que la
embarazaron en el camino al canal. Si hubiésemos tenido el agua en las casas
nada de eso hubiera pasado.
–¿Cómo sabés vos
que fue así?
–Carmela, acá
todos se avivaron así. Chicos y chicas. Hasta el Nene se puso de novio con su
mujer en el camino del canal. Ahí pasaba cualquier cosa... A la Blanquita no le
fue bien... Pero, bueno, ya es una historia pasada. Ahora tenemos que dejar
esto y empezar otra cosa.
–Por lo que nos
queda... –dijo, tras un bufido, Carmela.
La Palmira se
levantó, sacó la tranca de la puerta del patio y con dificultad pudo mover la
madera deteriorada.
–Se te está
acabando el patio –comentó, sin asombrarse.
La arena había
cubierto el tapial del fondo y se acercaba a la casa. De lo que fue un jardín
quedaba sólo una retama de la que apenas afloraban las puntas de sus ramas
floridas.
–¿Te acordás qué
bien la pasábamos en los bailes de la plaza? Nos divertíamos, los chicos jodían
hasta que se caían y a la mañana siguiente podíamos dormir un poco más...
Coqueteábamos bastante, ¿no?
–Vos coquetearías
–dijo Carmela, sonriendo.
–Vamos...
–retrucó la otra, también riendo.
Carmela contempló
sus toscas zapatillas, descoloridas y gastadas, y trató de recordar esos mismos
pies calzados con las ligeras zandalias blancas con taco que le había regalado
el finado para bailar, que la hacían sentir más atractiva. Miró luego sus manos,
y se concentró en precisar cuándo dejó de cuidarlas.
–Esperá... –dijo
la Palmira, mientras avanzaba hacia su bolso y extraía un radiograbador a pilas
flamante–. Escuchá lo que me regaló el Nene.
La música del
Cuarteto Leo sonó inconfundible desde el aparato. Su dueña arrancó ahora para
el patio y volvió con unas florcitas de retama. Pintó de amarillo la cabellera
grisácea de su amiga, que se dejó hacer, y tomándola de la mano la sacó a
bailar. “Hace ya unos cuantos años que me derrito/ por una de las muchachas de
Don Benito”, decía la voz de Sosa Mendieta. Las dos mujeres abrazadas en el
baile se movían llevando el compás y riéndose a carcajadas.
–Vos sabés que me
andás gustando –decía la Palmira, imitando a un galán.
–Mire que estoy
comprometida –contestaba Carmela, simulando una presumida.
Bailaron entre
chistes y risas varias piezas más, hasta que cayeron sentadas, boqueando.
Cuando acabó la música sólo se escuchaba la respiración aún agitada de las
mujeres. El viento se había calmado.
–¿Por qué querés
quedarte acá?
Carmela intentó
enumerar las cosas que la retenían, y se encontró con que no podía nombrar
ninguna. Como adivinando la situación la Palmira habló.
–¿Qué te retiene?
Tu familia ya no existe, la casa se cae a pedazos. Ya ni siquiera tenés quién
te traiga agua. No podés bañarte y estás tomando agua podrida. De los amigos
del barrio, los que no murieron se fueron, y ahora me voy yo que soy la última.
¿Cuánto hace que no caminás para el lado de la plaza?... Vení que te voy a
mostrar –agregó tras una pausa.
Alzó del brazo a
Carmela, sumida en la impotencia, y salieron a la calle. El sol caía ya,
haciendo brillar los techos de las casas cubiertas de polvo. Caminaron por la
calle larga, dejando tras de sí las huellas de sus pasos cortos. Parecía haber
vida apenas en un par de casas. Todo lo demás era abandono y ruinas.
–Mirá lo que
quedó de la plaza –dijo la Palmira, señalando un médano de donde sólo emergía
un mástil y las copas secas de dos árboles–. La arena nos daría por el cogote
si nos hubiéramos quedado bailando ahí toda la vida.
Las casas del
otro lado de la plaza, más expuestas al sur, ya estaban semicubiertas por la
arena. Carmela miró con atención y extrañeza. Se veían como hilitos marrones
que descendían y avanzaban. Allá vivía Fuentes, recordó, y en un gesto maquinal
levantó la mano para saludar, como siempre hacía cada vez que venía a la plaza,
sabiendo que el pobre se pasaba los días junto a la ventana.
–Ya no hay nadie
–le dijo la Palmira, bajándole el brazo.
Para el lado de
su casa vio que el médano era más alto que el techo. Unos pocos metros más que
avanzara y lo cubriría.
–Como la crecida
de un río de sierra –pronunció en voz alta–. Pero sin agua... Siempre el agua
–agregó, y se le aflojó una lágrima.
La Palmira vio el
surco mojado en la mejilla de su amiga y tomándola del brazo la condujo de
vuelta a la casa. El sol ya se había escondido, pero todavía se veían sus rayos
dibujados en el polvillo que flotaba en el aire.
–Venite ya –decía
la Palmira mientras le limpiaba el rostro con un pañuelo empapado–. Armá un
bolsito con tus ropas, que ya nos arreglaremos para dormir hoy, y mañana
venimos con el Nene a buscar la cama y lo que valga la pena llevar.
Carmela miró su
alrededor. Todo estaba en sombras, y comenzó a pensar que así oscuros
empezarían a ser sus días. Oscuros y pesados, como los recuerdos. Los recuerdos
no tienen luz, nomás las esperanzas. Y qué esperanzas me quedan. Seguir
esperando que vuelvan los que nunca volverán. El finado cuando era joven, la
Blanquita con su primer guardapolvo, los amigos cantando a coro en el patio,
los añonuevos con las mesas largas en la calle... y el agua, el agua llenando
los tanques y saliendo a chorros por la ducha y bañarme, enjabonarme y
enjuagarme, y volver a enjabonarme y a enjuagarme... O morirme acá, solita,
irme pudriendo hasta que alguien venga a robar las puertas y las cañerías.
–Dale que ahí
viene el Nene –dijo la Palmira, saliendo a la calle ante el ruido de un motor.
Carmela dejó
escapar toda su resignación en un suspiro y tomando la valija de abajo de la
cama, comenzó a llenarla con la poca ropa sana que le quedaba. De un cajón sacó
las sandalias blancas de bailar y al pasar junto a la mesa levantó también la
foto de su casamiento. Cerró la puerta con el candado y subió al Rastrojero.
La Palmira
tarareaba una canción. El Nene manejaba y escuchaba el informativo de la radio.
El locutor decía que era preocupante la falta de agua en los barrios del sur,
pero que el ministro había afirmado que con la construcción de un nuevo canal
en un par de años el problema quedaría solucionado. Carmela iba pensando que
tal vez la muerte fuera, nada más, que el cuerpo no aguantara el peso de tantos
recuerdos.
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